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Jaime. (Almería)


“Se pierde lo que no se da”.
Manuel Alcántara (Inscripción en el Monumento al Donante de Órganos, Tejidos y Sangre. Málaga).


Si desea comunicar algún sentimiento relacionado con su experiencia de donación o trasplante, puede enviarlo a la Coordinación de Trasplantes.


4. Recuerdos de mi trasplante
Ninguno de ustedes habrá olvidado aquella imagen del arquero que lanzaba una flecha ardiendo. Era el 25 de julio de 1992, el día de la apertura de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Yo tampoco olvido ese día. Mientras el arquero disparaba su flecha, el equipo de cirugía cardiaca de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid me preparaba para hacerme un trasplante de corazón.


Llevaba tres meses esperando en el hospital. Cada tarde, me permitían dar un pequeño paseo hasta un jardín cercano. Aquel 25 de julio, a mi regreso al hospital, vi más risueño que nunca al enfermero de la planta. Achaqué su alegría al comienzo del fin de semana. Pero luego noté sonrisas y guiños cómplices entre el resto del personal; supuse que algo bueno les había pasado. Marché a mi habitación y al rato estaban todos llamando a mi puerta: había llegado mi hora.


Me comunicaron la noticia como si me hubiera tocado la lotería. Quizá tenían razón. Durante tres meses había estado pensando en este momento. Lo hacía con una mezcla de miedo y esperanza. O, más bien, había momentos en los que había sentido miedo y otros en los que soñaba esperanzado: con volver a casa, vivir muchos años, poder enseñar a nadar a mi hijo que entonces tenía un año y medio…


Pronto, mi habitación se llenó de gente. “No te hagas ilusiones”, me decían, “es probable, pero todavía no es seguro”. Había bastante euforia. Aquello parecía una fiesta de cumpleaños. El ambiente era más propio de una maternidad que de una planta de enfermos cardíacos. Pero no era inoportuno. Celebrábamos por anticipado una nueva vida: la mía.


Para quienes no hayan vivido de cerca un transplante, puede parecerles obsceno que algo así despierte alegría. Para que haya un trasplante ha de haber un donante. Y, por tanto, tiene que haber alguien que muera. A través de un perfecto y delicado mecanismo de solidaridad, un trasplante recrea el ciclo vital: la muerte da paso a la vida.


Mientras mi habitación se convertía a la vez en una fiesta de cumpleaños y en el camarote de los hermanos Marx, pensé que en algún lugar había una familia que estaba sufriendo mucho. Por azar, en aquel momento me llegaron algunos datos sobre mi donante. Desde entonces, sé cuál era la ciudad en la que vivía, sé que era un joven de quince años y que murió en un accidente estúpido, cayéndose de una bicicleta.


He pensado muchas veces en él. He querido imaginar qué estaría haciendo si viviera hoy. Tendría 22 años, estaría acabando sus estudios o habría comenzado a trabajar. Difícilmente hubiéramos tenido la oportunidad de conocernos. Sin embargo, juntos, él y yo, en los últimos siete años, hemos escrito cinco libros y un montón de artículos, hemos enseñado a nadar a mi hijo, amamos a mi mujer y nos reímos mucho con mis amigos. También, en estos años, hemos viajado un par de veces a la ciudad en la que él vivía y hemos paseado por las que eran las calles de su infancia. Sin conocernos, sin hablar siquiera, hemos hecho muchas cosas juntos.

 

Fuente: Dr. Miguel Ángel de Frutos Sanz. Coordinador de Trasplantes de Málaga.

 

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