| En estos años he
pensado también en los padres de mi donante. No hay
mayor tragedia que la muerte de un hijo. Es la peor de las
desgracias imaginables, porque rompe fatalmente la lógica
del ciclo vital: los hijos están para sobrevivir a
los padres. He pensado mucho en los padres de mi donante y
he querido imaginar qué proyectos tendrían para
su hijo, un chico fuerte, deportista, que en aquel mes de
julio de 1992 debía de estar esperando ilusionado el
comienzo de los Juegos Olímpicos.
Imagino el dolor que aún deben sentir, los espesos
silencios durante la cena de Navidad, la profunda tristeza
en los días en los que el calendario señala
la fecha del nacimiento o de la muerte de su hijo. Me gustaría
poder consolarles: explicarles que, gracias a su generosidad,
su hijo sigue viviendo en mí y, a su vez, dándome
vida. Porque un trasplante es sobre todo una relación
simbiótica entre dos seres que, sin conocerse, se dan
vida mutuamente. El trasplante proporciona esperanzas al receptor,
pero también ha de proporcionarlas a la familia del
donante, que, dando vida a otro, puede seguir viviendo.
Pero también, no cabe duda, la donación es un
acto de solidaridad. En una sociedad como la nuestra, salpicada
de escándalos, en la que parecen haber desaparecido
los nobles ideales (no sólo han desaparecido, sino
que, incluso hoy hablar de “nobles ideales” parece
una cursilada o un torpe gesto retórico), en una sociedad
así la existencia de la donación de órganos
es toda una rareza: dar algo a cambio de nada parece hoy una
excentricidad, pero no lo es. Hay mucha gente que da sin pedir
nada a cambio.
Si de algo podemos sentirnos orgullosos en Europa es precisamente
de haber levantado un inmenso instrumento de solidaridad que
ha hecho por fin realidad la igualdad entre los seres humanos.
Gracias a los sistemas sanitarios públicos, somos iguales
ante la salud, ante la enfermedad y ante la muerte. Todos
gozamos de los mismos derechos, sin que el dinero o la cuna
puedan hacer distingos. Nuestro sistema de transplantes obedece
a la misma lógica, pero además es mucho más
eficaz que el de la mayor parte de los países europeos.
Es algo de lo que de verdad nos podemos sentir orgullosos.
En estos años he meditado bastante sobre en qué
he cambiado después del trasplante. He querido preguntarme
si he estado a la altura de la generosidad de la que me beneficio,
de la entrega de una vida ajena que me hace vivir. Pero he
llegado a la conclusión de que ningún hecho
de nuestra vida, bueno o malo, ni un trasplante, ni un accidente
de tráfico, ni un premio de la lotería, puede
mejorarnos.
Sí es innegable que existen cosas que nos hacen apreciar
más la vida. Nunca olvidaré un amanecer pocos
días después de mi operación. En Madrid
hacía mucho calor. Aquella noche hubo una gran tormenta.
Yo estaba solo en mi habitación, no tenía sueño
y me asomé a la ventana para ver las primeras luces.
Sentí en la cara el frescor de la mañana y olí
la tierra mojada. No exagero si digo que fue aquel el momento
más feliz de mi vida. Había renacido. A partir
de entonces, todo lo bueno que me ha sucedido se lo debo a
unas personas a las que jamás he podido conocer.
Félix Bayón. (Texto escrito para conmemorar
los 1000 primeros trasplantes de riñón en Carlos
Haya. 1999)
Fuente: Dr. Miguel Ángel de Frutos Sanz. Coordinador
de Trasplantes de Málaga.
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