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Donación de órganos: razones para decir sí
Incitaba recientemente a un amigo trasplantado de riñón
a sorprenderme contándome alguna experiencia que hubiera
sentido con su flamante y nuevo riñón que funcionaba
perfectamente.
El oír y sentir el paso de la orina cuando voy al retrete,
me contestó.
No había esperado oír nada parecido. Algo tan
poca cosa, tan familiar, con lo que todos los días
nos saludamos al levantarnos todavía medio somnolientos
y que ni le prestamos una mínima atención.
Esto que es una anécdota curiosa, pero intrascendente,
es el extremo de otras sensaciones y logros más importantes
que los pacientes trasplantados sienten y disfrutan con su
nuevo órgano funcionante. Destacaría entre otros,
por la vertiente humana que alberga, los cambios experimentados
en la esfera sexual y reproductiva. Cuando el riñón
trasplantado logra normalizar el funcionamiento de la mayoría
de los aparatos corporales, es frecuente que jóvenes
parejas, hasta entonces estériles, tengan su primer
embarazo. El nacimiento del retoño hace olvidar a los
pacientes con enfermedades renales crónicas que estuvieron
en tratamiento con diálisis, todos los sufrimientos
y carencias acumulados. Para una joven mujer todavía
en diálisis, la ilusión por recibir un trasplante
renal está proyectada no sólo en poder abandonar
su enfermedad, sino en esa normalización de su vida
de relación con la pareja que se va a desarrollar a
través de su recuperada fertilidad. Este aspecto emocionante
es uno de los argumentos que nos anima en la lucha por conseguir
más donantes de órganos.
La nueva vida que comienza para los trasplantados, que han
experimentado durante años lo que cuesta vivir cada
día con todas sus carencias y servidumbres añadidas,
está plagada de una amplia gama de matices que los
que tenemos la suerte de gozar de una buena salud no somos
capaces de percibir en su globalidad.
Todos los trasplantados de riñón cuidan mucho
más su nuevo órgano trasplantado y cuando se
enfrentan a alguna complicación infecciosa, hemorrágica,
digestiva o de cualquier otra índole, la pregunta que
invariablemente nos dirigen es:
¿ Le pasará algo malo a mi riñón,
doctor?. Pueden estar cerca de perder la vida, pero no conciben
perder el funcionamiento de su nuevo riñón.
Esa circunstancia, de presentarse, sería como una segunda
pérdida, algo tremendo ya vivido y sentido. Algo difícil
de afrontar y superar.
Para los profesionales que diariamente tratamos las enfermedades
de los riñones y que cuidamos de sustituir su déficit
con la diálisis, cuando estos quedan exhaustos tras
prolongada enfermedad, el trasplante renal que prende con
éxito y que funciona correctamente, representa momentos
de gran satisfacción al coronar felizmente una trayectoria
de asistencia a esos enfermos que, a veces, se remonta 10
ó 15 años atrás, cuando comenzaron a
consultar por los primeros síntomas de enfermedad renal.
Por ello, cuando nos presentamos a una familia doliente por
la pérdida de un ser querido, que ha sido valorado
como posible donante de órganos, lo hacemos cargados
de razones para obtener el sí. Todos nuestros argumentos
se les presentan cuidadosamente con el máximo respeto,
a veces de forma ordenada, a veces con más vehemencia
y rapidez, acuciados por el paso del tiempo que tiende a destruir
poco a poco los órganos que débilmente se mantienen
íntegros, con la ayuda de máquinas y fármacos,
en un cuerpo sin vida esperando ser rescatados para alojarse
en otro cuerpo enfermo pero con vida.
Nuestra actitud y firmeza durante la petición del sí
para la donación de órganos es la fuerza resultante
de todas los deseos y ansiedades de cada uno de los enfermos
en lista de espera que confían y depositan en nosotros
sus ilusiones para que podamos transmitir a esas familias
razones de solidaridad, generosidad y reciprocidad, en la
necesidad de órganos para trasplante y que hoy por
hoy solo pueden obtenerse en esas circunstancias.
Somos conscientes que estamos viviendo una etapa de transición
en lo que concierne a la donación para trasplantes.
Si cerramos los ojos, no nos es difícil imaginar un
día cercano, cuando sea una práctica natural
la donación de órganos, como la donación
del cuerpo para estudios morfológicos en las facultades
de medicina, como la incineración de los restos tras
la muerte, en vez de la inhumación actualmente predominante.
La actitud ante la donación de órganos va estrechamente
ligada al ancestral misterio y liturgia que rodea a la muerte.
Es preciso delimitar con nitidez la línea que separa
la vida de la muerte y no considerar a ésta última
como una "prolongación" de la vida. El hecho
de donar o no órganos para trasplante tras la muerte,
no debe modificar el dolor de la familia por la pérdida
de su ser querido. El cuerpo humano ya sin vida es una estructura
pasajera que se desvanece poco a poco y solo el recuerdo del
espíritu de la persona que lo habitó debe ser
el objetivo más anhelado. Campañas para impulsar
la donación de órganos son hoy por hoy imprescindibles
en nuestro país, en tanto en cuanto, los trasplantes
de órganos están única y exclusivamente
limitados por la disponibilidad de órganos, que actualmente
está lejos de cubrir las necesidades y porque coinciden
en preparar y mentalizar a la Sociedad para una convivencia
más generosa y solidaria.
Es necesario incrementar los esfuerzos para que toda la Sociedad
considere los trasplantes de órganos como algo normal,
al alcance de todos los enfermos que lo precisen y que van
a permitir potenciar y ampliar el tratamiento de un buen número
de enfermedades, en las que su única y definitiva solución
consiste en remplazar el órgano enfermo por otro sano.
Todos, enfermos y sanos, donantes y sus familias debemos asumir
el compromiso de la donación de órganos para
trasplante como un acto terapéutico necesario e irrenunciable
que es preciso demandar más, amparar y proteger.
Fuente: Dr. Miguel Ángel de Frutos Sanz. Coordinador
de Trasplantes de Málaga.
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