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Sinceridad, por favor
Los excelentes resultados conseguidos en los últimos
años con los trasplantes han modificado el equilibrio
entre órganos necesarios y órganos disponibles.
Hoy es habitual en nuestro país que trasplantes de
corazón, hígado o riñón alcancen
tasas de funcionamiento superiores al 80 % al cabo del año,
circunstancia que ha producido un incremento de las indicaciones
que se solucionan con un trasplante y un descenso de las contraindicaciones
que se venían considerando como prudentes hasta hace
pocos años. Es más, el trasplante es actualmente
el tratamiento de elección para cada vez más
enfermos de riñón, hígado o corazón.
Pese a que el número de cadáveres donantes y
su aprovechamiento multiorgánico crece cada año,
el diferencial entre oferta y demanda crece también,
por lo que las listas de espera para recibir un órgano
trasplantable son considerables. Todos los esfuerzos que en
los últimos años se están realizando
para corregir esta situación (carné de donante,
campañas de información y modificaciones legislativas)
están teniendo un éxito limitado.
Diariamente somos testigos de una gran contradicción.
De un lado sentimos cómo la opinión pública
apoya la donación, es consciente de la necesidad social
de la misma y se declara mayoritariamente a favor. Sin embargo,
en los críticos momentos que siguen al fallecimiento
de un hijo o un hermano, cuando nos acercamos a solicitar
permiso para la extracción de órganos a esas
familias aún aturdidas por el dolor que la absurda
e imprevista pérdida de la vida les está provocando,
la respuesta, en uno de cada tres casos, es sencillamente
no.
¿ Por qué somos capaces de decir sí a
una encuesta de opinión y no cuando llega el momento
crítico de la decisión ?. Las interpretaciones
son múltiples y complejas. Podríamos pensar
que nuestra sociedad es ambivalente de modo que, mientras
que la idea de donar órganos es positiva, la idea de
tomarlos del ser querido recientemente fallecido evoca aspectos
negativos.
La sensibilidad con la que nos enfrentamos a la muerte que
llega a nuestro ámbito familiar es un aspecto cultural
cambiante a lo largo de la historia de la civilización.
Cada cultura tiene sus propios miedos, supersticiones, prácticas
religiosas, rituales y leyes. Los conflictos surgidos en estos
entornos han terminado con frecuencia en hostilidades e incluso
en guerras muy cruentas.
Más concretamente, la historia contiene numerosos ejemplos
de conflictos entre sociedad y ciencia médica que se
precipitaron cuando la ciencia intentó violar los tabúes
existentes usando cadáveres para sus propios fines.
Dramáticos fueron los comienzos de la utilización
de cadáveres para enseñar disección en
las escuelas de Medicina y que tenían que ser secretamente
trasladados desde los cementerios. Estas prácticas,
pese a reconocerse necesarias, fueron denostadas por gran
parte de la población y condujeron al cierre de un
buen número de escuelas de Medicina en los siglos XVIII
y XIX.
La autopsia clínica es, hoy día, otro ejemplo
parecido y aunque es probada y reconocida su utilidad, continúa
con muy escasa popularidad. El público conoce estas
necesidades y las acepta, pero se evade de participar.
El paralelismo histórico con la problemática
actual en la obtención de órganos es perceptible
y los beneficios sociales, que a corto y medio plazo produciría
un aumento del número de donaciones y de trasplantes,
son fácilmente imaginables.
Los receptores que esperan un trasplante de órganos
son personas reales, niños, jóvenes y adultos,
con nombres y apellidos, vecinos de nuestra comunidad y cuyas
vidas dependen dramáticamente de la concienciación
de todos nosotros. Ellos aparecen a menudo en los periódicos
o noticiarios de televisión contando las escalofriantes
circunstancias de su enfermedad y clamando por un órgano
para el trasplante que necesitan con urgencia.
Cuando en una posible donación oímos el no,
nos duele pensar, simplemente imaginar, cómo esas familias
se cierran al futuro pues existe la posibilidad de que ellos
mismos, para sí o para sus hijos, estén algún
día al otro lado de la mesa y demanden a otras familias
en parecidas circunstancias lo mismo que ahora deciden negar.
Los rápidos avances que está experimentando
la Medicina en los últimos años induce a pensar
que, gran parte de nosotros puede llegar a ser algún
día no lejano, receptora de un órgano o tejido
a trasplantar.
La sociedad es injusta y cínica cuando diciendo no
a una petición para extracción de órganos,
no valora que una, dos o tres personas van a verse privadas
de una solución rápida, eficaz y definitiva
a su grave e irreversible problema de salud.
Fuente: Dr. Miguel Ángel de Frutos Sanz. Coordinador
de Trasplantes de Málaga.
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