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Del milagro a la realidad
Desde tiempos remotos la humanidad ha buscado tratamientos
milagrosos para solucionar enfermedades mortales de seguridad.
Así trata la famosa leyenda medieval del milagro de
los médicos Cosme y Damián, que trasplantaron
una pierna desde un hombre recientemente fallecido a un moribundo.
Este primer trasplante conocido logró salvar al enfermo
y, por este y otros extraordinarios motivos, estos médicos
fueron santificados. Numerosos artistas plasmaron este milagro
e originales obras de pintura y escultura que podemos contemplar
en museos de nuestro país.
Han pasado muchos siglos desde entonces y, hoy, los trasplantes
de órganos ya no son el milagro que buscamos médicos
o enfermos en desesperada situación, sino que los trasplantes
han alcanzado un gran nivel científico y son una realidad
cotidiana.
El nivel que la medicina ha alcanzado en áreas como
la inmunología, cirugía y especialidades médicas,
permite actualmente asegurar supervivencias con trasplantes
de hígado y corazón alrededor del 80% al cabo
del primer año y del 89% para los trasplantes de riñón.
El rápido progreso adquirido con los trasplantes ha
conducido a la aparición de nuevos retos y el principal
está lógicamente relacionado con la escasez
de órganos. La disparidad entre numero de órganos
y número de posibles beneficiarios tiende a crecer
en nuestro país. Esta falta de órganos es un
problema mundial, más llamativo en países desarrollados
con programas de trasplante consolidados; pero también
es un problema en países menos desarrollados donde,
pese al retraso económico y tecnológico, los
trasplantes podrían ser la solución para tratar
enfermedades como la insuficiencia renal crónica.
Esta situación de escasez provoca discusiones científicas
para seleccionar a los que van a integrar la lista de espera
y su grado de urgencia. En esta situación, los principios
éticos que manejan los comités de valoración
para trasplantes de órganos están basados en
criterios exclusivamente médicos. El trasplante pretende
ser útil al enfermo independientemente de criterios
subjetivos como posición social o económica.
Los éxitos de los trasplantes de órganos y tejidos
precisan de una eficaz difusión a la población
para que entiende que el generoso y anónimo esfuerzo
que se les pide con la donación va a representar un
espectacular cambio de vida para enfermos desahuciados o que
se mantienen gracias a tratamientos costosos y sólo
parcialmente eficaces.
La mayoría de las donaciones para trasplantes proceden
de donantes fallecidos, si bien en algunos casos se realizan
con órganos donados por familiares vivos. El trasplante
de donante vivo más habitual es el de médula
ósea, la mayoría de donantes emparentados. Sin
embargo, cuando no se encuentran donantes compatibles en el
entorno familiar es preciso encontrar uno idóneo entre
millones de personas que en vida se han ofrecido como donantes
de médula.
La lista de espera para trasplante de riñón
en España incluye también niños. Actualmente
son casi 50 y representan un grupo que nos preocupa a los
profesionales relacionados con los trasplantes. La urgencia
con la que el trasplante les debe llegar no es comparable
al tiempo que puede soportar un adulto y, así, sentimos
cómo con la demora del trasplante, estos niños
cambian física y psicológicamente. Con el paso
del tiempo se hace difícil encontrar explicaciones
razonables para que entiendan porque no llega su trasplante.
Aquella esperanza que cánido entraron en diálisis
les hicimos ver que era la puerta de salida de esta injusta
y cruel enfermedad.
La donación de órganos tiene que calar más
en la sensibilidad de la población. Sabemos que no
se modifican las conductas sociales en tiempos cortos. Se
necesita tiempo, mucho tiempo para que se acepte mayoritariamente
una generosa utilización del cuerpo humano recientemente
fallecido como una forma bien entendida de reciclaje valioso
para luchar por la salvación de otras vidas.
Uno de los objetivos que nos planteamos es si duda igualar
actitudes favorables al trasplantes y a la donación.
Finalmente, tanto la sociedad como la comunidad trasplantadora
tienen que encontrar fórmulas para incrementar las
donaciones. Tenemos todavía una elevada proporción
de donantes útiles que no donan por negativa familiar
y, en la mayoría de los casos, coincide que el fallecido
no realizó ningún comentario sobre la donación.
Para acabar con esta situación basta decir en nuestro
ambiente familiar con voz alta: “si a la donación”.
Sólo así podemos asegurar la continuidad de
los programas de trasplantes y al salvar con cada donante
a un puñado de vidas, estaremos más cerca de
una sociedad más unida, justa y solidaria.
Fuente: Dr. Miguel Ángel de Frutos Sanz. Coordinador
de Trasplantes de Málaga.
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