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Tal es, cuando menos, una teoría dominante que explica
la extinción de los dinosaurios. Incluso aquellos que
no fueron alcanzados directamente por el asteroide sucumbieron
a la postre. La catástrofe que dio cuenta de los dinosaurios
es sólo una ilustración - si bien dramática-,
de cómo el cambio climático puede fomentar el
desarrollo de una especie o liquidarla.
Los científicos estiman que existe el peligro real
de que el clima cambie rápida y espectacularmente en
los decenios y siglos venideros ¿Podremos controlar
esta situación?. Según otra teoría, los
seres humanos evolucionaron cuando la tendencia a la disminución
de las precipitaciones, hace unos 10 millones de años,
estuvo seguida, hace cerca de 3 millones de años, por
un brusco descenso de las temperaturas mundiales. Los primates
superiores, parecidos a los simios, del gran valle del Rift
en Africa, solían refugiarse en los árboles,
pero como consecuencia de esta variación climática
de larga duración, los bosques fueron reemplazados
por praderas. Los "simios" se encontraron en una
planicie vacía mucho más fría y seca
que su medio anterior, resultando así sumamente vulnerables
ante los predadores.
La desaparición total era una posibilidad concreta,
y los primates aparentemente se adaptaron con dos saltos evolutivos:
primero adoptaron la postura erecta, que les permitió
recorrer largas distancias a pie, con las manos libres para
transportar a sus hijos y llevar alimentos; y luego sus cerebros
se volvieron mucho más voluminosos, aprendieron a manejar
instrumentos y se convirtieron en omnívoros (consumidores
de carne y verduras). Generalmente se
considera a este segundo ser de cerebro más desarrollado
como el primer h u m a n o. A partir de entonces, las variaciones
climáticas han modelado el destino de la humanidad,
y el ser humano ha reaccionado en gran medida adaptándose,
emigrando y desarrollando su inteligencia. Durante las últimas
glaciaciones, los
niveles de los océanos descendieron y los seres humanos
se desplazaron a través de puentes continentales desde
el Asia hacia las Américas y las islas del Pacífico.
Desde entonces se han sucedido numerosas migraciones, innovaciones
y también catástrofes. Algunas de éstas
han tenido su origen en pequeñas fluctuaciones climáticas,
como unos pocos decenios o siglos de temperaturas levemente
superiores o inferiores a la media, o sequías prolongadas.
La más conocida es la Pequeña Era Glaciar, registrada
en Europa a comienzos de la Edad Media, que provocó
hambruna, insurrecciones y el abandono de las colonias septentrionales
en Islandia y Groenlandia. El hombre ha soportado durante
milenios los caprichos climáticos, recurriendo a su
ingenio para adaptarse, incapaz de influir en fenómenos
de tal magnitud. Eso hasta ahora. Paradójicamente,
el éxito notable que hemos logrado como especie bien
puede habernos llevado a un callejón sin salida. El
crecimiento demográfico ha alcanzado un punto tal que
haría muy difícil una migración en gran
escala en caso de que un cambio climático de grandes
proporciones la hiciera necesaria, y los productos de nuestra
inteligencia (industrias, transportes, etc.) han conducido
a una situación desconocida en el pasado. Anteriormente
el clima mundial hacía cambiar a los seres humanos;
ahora parece que estos últimos están cambiando
el clima.
Los resultados todavía son inciertos, pero si las
predicciones actuales se confirman, el cambio climático
que tendrá lugar en el próximo siglo será
de una amplitud sin precedentes desde los albores de la civilización
humana. El principal cambio que se ha registrado hasta la
fecha ha sido en la atmósfera terrestre. El asteroide
gigante que terminó con los dinosaurios arrojó
grandes nubes de polvo en el aire, pero nosotros estamos causando
fenómenos de dimensiones similares, aunque en forma
más sutil. Hemos provocado, y continuamos haciéndolo,
un cambio en el equilibrio de los gases que componen la atmósfera,
y ello es particularmente cierto con relación a los
"gases de efecto invernadero" principales, como
el dióxido de carbono (CO2), el metano (Ch5) y el óxido
nitroso (N2O). (A pesar de que el vapor de agua es el gas
de efecto invernadero más importante, las actividades
del hombre no lo afectan directamente.) Estos gases, que se
encuentran normalmente presentes en la atmósfera, representan
menos de una décima parte del 1% de la atmósfera
total, compuesta principalmente de oxígeno (21%) y
nitrógeno (78%), pero son vitales porque actúan
como una manta natural alrededor de la Tierra, sin la cual
la superficie de nuestro planeta sería cerca de 30°
C más fría que en la actualidad.
El problema estriba en que la actividad del hombre está
"espesando" la manta. Por ejemplo, cuando quemamos
carbón, petróleo y gas natural, liberamos cuantiosos
volúmenes de dióxido de carbono en el aire,
al igual que cuando destruimos los bosques dejamos escapar
a la atmósfera el carbono almacenado en los árboles.
Otras actividades esenciales, como la cría de ganado
y el cultivo de arroz, también emiten metano, óxido
nitroso y otros gases de efecto invernadero. Si las emanaciones
continúan aumentando al ritmo actual, es casi seguro
que en el siglo XXI los niveles de dióxido de carbono
en la atmósfera duplicarán los niveles preindustriales,
y si no se toman medidas para frenar dichas emisiones, es
muy probable que los índices se tripliquen para el
año 2100. De acuerdo con el consenso científico,
el resultado más directo podría ser un "calentamiento
de la atmósfera mundial" del orden de 1°C
a 3,5°C durante los próximos 100 años. A
esto se debe sumar un manifesto incremento de temperatura
de aproximadamente 0,5° C desde el período preindustrial
anterior a 1850, parte del cual sería producto de emisiones
anteriores de gases de efecto invernadero.
Es difícil pronosticar en qué medida esta
situación podría afectarnos, dado que el clima
mundial es un sistema sumamente complejo. Si se alterara un
aspecto clave, como la temperatura media global, las ramificaciones
tendrían un largo alcance. Los efectos inciertos se
adicionan: por ejemplo, podría cambiar el régimen
de vientos y lluvias que ha prevalecido durante cientos y
miles de años, y del cual depende la vida de millones
de personas; podría subir el nivel de los mares y amenazar
islas y zonas costeras bajas. En un mundo cada vez más
poblado y sometido a mayores tensiones, que ya tiene suficientes
problemas por resolver, esas presiones adicionales podrían
conducir directamente a nuevas hambrunas y otras catástrofes.
Al tiempo que los científicos se esfuerzan por comprender
con mayor
precisión los efectos de las emisiones de gases de
efecto invernadero, la comunidad internacional se ha unido
recientemente para hacer frente a este problema.
Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
(PNUMA) y la Secretaría sobre el Cambio Climático.
Oficina Federal Suiza del Medio Ambiente.
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