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Problema No 2
Si no se conocen con certeza las consecuencias de un problema,
¿se hace caso omiso del problema o se trata de encontrarle
alguna solución?.

El cambio climático es una amenaza para la humanidad,
pero nadie puede determinar con seguridad sus futuros efectos
o la magnitud de éstos. La reacción ante esa
amenaza seguramente será compleja y difícil.
Persiste incluso un desacuerdo sobre si realmente existe un
problema: mientras numerosas personas temen la extrema gravedad
de los efectos, otras todavía argumentan que los científicos
no pueden dar pruebas irrefutables de que sus previsiones
se harán realidad. Además, no está claro
quienes son los que sufrirán más en las diversas
regiones del mundo. Sin embargo, si la comunidad internacional
espera a que quede claro cuáles serán las consecuencias
y las víctimas, probablemente será demasiado
tarde para actuar. ¿Qué se debe hacer?.
La verdad es que en casi todos los círculos científicos
ya no se plantea determinar si el cambio climático
es un problema potencialmente grave, sino en qué forma
se manifestará, cuáles serán sus repercusiones,
y cuál será la mejor forma de detectarlas. Los
modelos informáticos de un sistema tan complicado como
el sistema climático de nuestro planeta no están
aún lo suficientemente avanzados para brindar respuestas
claras y concluyentes. No obstante, si bien el cuándo,
el dónde y el cómo no están definidos,
el panorama que se desprende de estos modelos climáticos
nos lanza señales de alarma.
Por ejemplo:
• Los regímenes de precipitaciones regionales
podrían variar. Se prevé que el ciclo de
evapotranspiración se acelerará a nivel mundial;
ello implica que lloverá más, pero también
que las lluvias se evaporarán más rápidamente,
dejando los suelos más secos durante los períodos
críticos de la temporada de cultivo. La aparición
de sequías nuevas o más intensas, en particular
en los países más pobres, podría disminuir
el abastecimiento de agua potable hasta el punto de plantear
una amenaza grave para la salud pública. Dado que los
científicos todavía no tienen entera confianza
en los pronósticos regionales, no se aventuran a definir
con precisión las zonas del mundo expuestas a volverse
más húmedas o más secas, pero, habida
cuenta de que los recursos hídricos mundiales ya se
hallan bajo una gran presión en virtud del rápido
crecimiento demográfico y la expansión de las
actividades económicas, el peligro es obvio.
• Las zonas climáticas y agrícolas
podrían desplazarse hacia los polos. Se prevé
que en las regiones de latitud media el desplazamiento será
de entre 150 y 550 km por un calentamiento de 1a 3,5°
C. Veranos más secos disminuirían el rendimiento
de los cultivos de las latitudes medias, y es posible que
las principales zonas cerealeras actuales (como las Grandes
Llanuras de los Estados Unidos) experimenten sequías
y olas de calor más frecuentes. En las zonas agrícolas
de latitud media los bordes septentrionales (el norte del
Canadá, Escandinavia, Rusia y el Japón) en el
hemisferio norte y los bordes meridionales (el sur de Chile
y la Argentina) en el hemisferio austral se beneficiarían
de temperaturas más elevadas. Sin embargo, en algunas
regiones la índole escabrosa del terreno y la pobreza
de los suelos impedirían que esos países compensen
la merma del rendimiento que hoy obtienen en las zonas más
productivas.
• El derretimiento de los glaciares y la dilatación
térmica de los océanos podrían aumentar
el nivel del mar y poner en peligro las zonas costeras bajas
y las islas pequeñas. El nivel medio global del
mar ya ha subido de 10 a 15 cm en el último siglo y
se prevé que el calentamiento de la Tierra ocasionará
un aumento adicional de 15 a 95 cm para el año 2100
(con una estimación optimista de 50 cm). Las tierras
más vulnerables serían las regiones costeras
desprotegidas y densamente pobladas de algunos de los países
más pobres del mundo. Entre las víctimas probables
se contarían Bangladesh, cuyas costas ya son propensas
a inundaciones devastadoras, al igual que muchos pequeños
Estados insulares, como las Maldivas.
Estas hipótesis son lo suficientemente alarmantes
para causar preocupación, pero demasiado inciertas
para permitir a los gobiernos tomar medidas de acción
concretas. El panorama es confuso: es comprensible que algunos
gobiernos, acosados por otros problemas, responsabilidades
y deudas que deben atender, se vean tentados a no hacer absolutamente
nada. Quizás el peligro se aleje, o algún otro
se encargue de él; tal vez otro asteroide gigante choque
con la Tierra, ¿quién puede saberlo?
Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
(PNUMA) y la Secretaría sobre el Cambio Climático.
Oficina Federal Suiza del Medio Ambiente.
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