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Áreas del Conocimiento/Religión Católica/Testimonios (XI)

Siervo de Dios Fernando González Añón


Fernando González Añón nació el 17 de febrero de 1886 en la ciudad de Turís, provincia de Valencia, diócesis de Valencia (España). Sus padres Fernando González Pons, labrador, e Isabel Añón Navarro formaron un hogar cristiano. Ya desde muy niño era muy piadoso mostrando su vocación sacerdotal en sus juegos y hasta en las pláticas que dirigía a sus vecinos y a los niños de la escuela. Acabados sus estudios de Perito Mercantil en los HH. Maristas, ingresó en el Seminario Conciliar Central, donde se distinguió por su piedad, aplicación y jovialidad, que le merecieron la estima de superiores, compañeros y amigos; fue un seminarista ejemplar.

La hermana de Fernando, declara: "Siempre quiso ser sacerdote. Mis padres quisieron probarle bien. Le hicieron estudiar externo en los Maristas de Valencia, alternaba con jóvenes a los que él siempre decía que había de ser sacerdote. Como le veían jovial y simpático no lo creían, pero él fue firme y constante en su deseo. Ya de dieciocho años, consiguió de mis padres el permiso porque lo creyeron bastante probado. Él solía decir, que si sesenta veces naciera, sesenta sería sacerdote, y que su vocación era ser sacerdote, y ser sacerdote secular". Recibió la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado los días 22 y 23 de diciembre de 1911. Tras haber recibido el presbiterado, celebró por vez primera la Misa en la Parroquia de su pueblo natal el 6 de marzo de 1913.

Los primeros frutos de su ministerio pastoral los recogió en el pueblo de Alcácer, donde fue coadjutor en 1913. En 1915 pasó a Santa Catalina de Alcira, también como coadjutor. Ejerció después en Macastre, como cura ecónomo, y más tarde, como Capellán de la Hidroeléctrica, en Cortes de Pallás. Fue cura regente de Anna en 1924 y coadjutor de San Juan de la Ribera en 1925. En todas estas Parroquias se distinguió como apóstol de los obreros, a quienes socorrió siempre en sus necesidades. El 24 de junio de 1931 tomó posesión del curato de Turís. Ya con los suyos, se multiplicó su actividad pastoral, desviviéndose por el culto y la devoción al Santísimo Sacramento. Fundó las Cuarenta Horas y promovió la festividad de Cristo Rey y la fiesta de la Virgen de los Dolores.

Un feligrés de Fernando, depone: "Recuerdo su devoción, casi de locura, para la Virgen Patrona de Turís. A pesar de los tiempos difíciles que se sucedían, él, puede decirse, sembró toda la gran devoción que hoy el pueblo tiene para su Patrona la Virgen de los Dolores". Y es confirmado por la deposición de otros testigos.

Se dedicaba a la atención pastoral de los enfermos y necesitados, sin olvidar la catequesis. Otro feligrés de Fernando, depone: "Visitaba a toda clase de enfermos. Para él no iba el distinguir clases ni ideas. Todos eran feligreses y a todos trataba y visitaba por igual. Quizás si tenía y guardaba preferencias, eran para los más abandonados o descarriados. Una vez, pidiendo por las casas, para la reconstrucción de la Ermita de la Virgen, como en cierta casa enemiga lo recibieron mal, alegando tener un enfermo, su reacción fue entrar con toda amabilidad rogando le dejaran ver al enfermo, y dejarle, bajo la almohada, un billete de 100 pesetas".

Pronto la fe adormecida de sus paisanos comenzó a avivarse. La juventud empezó a volver a la Iglesia. Una feligresa de Fernando, afirma: "Yo era joven catequista. Predicaba muy bien, con fogosidad y vehemencia, pero con palabra fervorosa y llena de enseñanzas. Muy celoso por la suerte de las almas, a las que se entregaba con abnegación".El Sr. Felipe Añón Guaita, pariente de Fernando, declara: "La obsesión de él eran los jóvenes y los enfermos. Todavía, a pesar de los años transcurridos, recordamos el fervor y la dedicación con que Fernando procuraba el bien de las almas". Apóstol y propagandista de la buena prensa. No hubo petición de pobres que no atendiera, y su influencia ante personalidades estuvo cultivada con miras a hacer el bien.

Sacerdote de fe profunda, centraba su vida de piedad sacerdotal en la Eucaristía, la devoción a la Madre de Dios y el servicio pastoral. Apóstol social, ejercía la caridad con todos; así lo testimonia el Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, feligrés de Fernando, quien afirma: "Recuerdo también su gran preocupación por la cuestión social obrera, los problemas de los trabajadores los hacía propios. Una vez, como después de las fiestas quedaba un buen remanente de dinero, lo quiso entregar al Sindicato Obrero para repartirlo a los obreros sin trabajo. Como el Sindicato no lo quisiera aceptar, él mismo llamó particularmente a los obreros para ofrecérselo". En el mismo modo un amigo de Fernando desde la infancia, depone: "Su predilección eran los más necesitados". Esto mismo está confirmado por la deposición de otros testigos.

Otra característica suya era el trato con sus coadjutores, a los que amaba y por los que se desvelaba como un verdadero padre. Por la intensa actividad apostólica que realizaba como sacerdote los enemigos de la Iglesia lo arrestaron y asesinaron.

Los testigos procesales afirman que era de gran carácter, jovial y simpático pero siempre de palabra digna y de conducta intachable, generoso, lo querían no sólo los fieles sino hasta los enemigos. Humilde, su predilección era tratar a los humildes. Su pobreza y desprendimiento eran excesivos y reconocidos hasta por los enemigos o anticlericales. Era muy sencillo y cordial en el trato. Fervoroso y espiritual.

Quienes fueron interrogados acerca de las virtudes practicadas por Fernando describen una personalidad moral rica, en la cual brillan las virtudes teologales, cardinales y anexas. Lo describen como un sacerdote coherente, dedicado activamente al apostolado, al mismo tiempo que cumplía ejemplarmente y con exactitud sus deberes sacerdotales. Un feligrés de Fernando, afirma: "Su vida fue la de un completo pastor de almas hasta el último momento". Confirman lo anterior la deposición de los testigos: Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, Sr. José Crespo Ballester, Sr. Fausto Añón Guaita, pariente de Fernando, Sra. Teresa Ibáñez Fuiles, feligresa de Fernando, y Sr. Federico Albiñana Soncase, feligrés de Fernando.

El perseguidor sin lugar a dudas provocó la muerte natural, cumpliendo uno de los requisitos, según la doctrina de Benedicto XIV, por los cuales se concreta el verdadero martirio. En el proceso, no obstante las dificultades para encontrar testimonios sobre el hecho del martirio de Fernando, perpetrado en clandestinidad, se consiguieron suficientes testigos.

  1. Del hecho y las circunstancias de la detención depusieron los testigos de visu, los parientes de Fernando.
  2. De la llegada al lugar de la ejecución y del fusilamiento testificaron estos mismos parientes, ex auditu ab ipsis interfectoribus.
  3. El Cadáver de Fernando está enterrado en el cementerio de........xxxx ......No se ha encontrado su cadáver.
  4. Del ambiente hostil a la Iglesia depusieron, de visu, todos los testigos.

Fernando era consciente, en los días previos a la revolución, de la situación que estaba por afrontar: persecución religiosa y probable martirio. Así lo manifiesta un feligrés de Fernando: "Traté con Fernando los meses anteriores al movimiento. Se manifestaba muy sereno. Pero preveía los acontecimientos. Tanto que muchos ornamentos y objetos de valor religioso, los iba sacando de la iglesia y colocando en lugar seguro". En el mismo modo depone el Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, feligrés de Fernando: "En los meses que precedieron a la Revolución, puedo declarar, que en su vida de apostolado era, como siempre, muy sereno, optimista y hasta valiente, puesto que le oí decir a una hermana suya, que Fernando había dicho que estaba dispuesto a todo lo que el Señor le tuviera dispuesto". Confirmado por un amigo del Fernando, que agrega: "No perdí el contacto con Fernando, aun en la época prerevolucionaria, pues cada vez que venía yo al pueblo le traía recuerdos de todos los de la Hidroeléctrica del Salto de Rambla Seca, pues había dejado tan grato recuerdo, que le llamaban incluso los trabajadores, ‘el padre de los pobres’. Recuerdo que su estado de ánimo, por este tiempo, era el de muy valeroso y optimista".

El Sr. José Crespo Ballester, feligrés de Fernando, depone: "Le traté también en los meses prerevolucionarios. Se le veía optimista y muy animoso siempre. Ya antes de iniciarse el movimiento lo encerraron en el ayuntamiento, pero fue por unas horas, porque la reacción del pueblo fue de general protesta. A partir de esa fecha cerraron la iglesia, pero él no se rindió, sino que continuó celebrando en la capilla de las religiosas y siguiendo el mismo género de vida, de celoso párroco. Recuerdo que aun entonces, su reacción fue requerir ayuda y pagar jornales por sus trabajos, sin tener en cuenta su significación política. Era hacerse todo a todos, para ganarles a todos". Confirmado por el Sr. Fausto Añón Guaita, pariente de Fernando, por la Sra. Clotilde Palmero Iranzo, feligresa y catequista de la parroquia, por la Sra. Teresa Ibáñez Fuiles, feligresa, y por el Sr. Felipe Añón Guaita, pariente.

El Sr. Federico Albiñana Soncase, feligrés de Fernando, con el cual vivió en ese período, declara: "Yo le traté durante el período prerevolucionario, cuando tanto temor nos habían hecho concebir las elecciones de febrero. Las cosas estaban muy agitadas. El foco revolucionario de Buñol, cercano, obligaba a precauciones. Entonces se habilitó un altar en la abadía, y el señor cura celebraba en casa, mientras la iglesia permaneció cerrada. En aquellos días viví con él, para que no estuviera sólo. Después, quizás en marzo se volvió a abrir la iglesia. Quería continuar celebrando el Santo Sacrificio a pesar de aquello que le podría comprometer. Yo siempre le vi sereno y valiente".

La revolución en Turís comenzó con el incendio de las iglesias, la quema de imágenes y objetos religiosos y el encarcelamiento de los católicos. Así lo testimonian los testigos. Al estallar la revolución de 1936, Fernando reaccionó como un sacerdote católico auténtico. Mantuvo su ánimo sereno y se confió en la Divina Providencia. Así lo atestigua un feligrés del Fernando: "Ya en pleno período revolucionario, Fernando, como era hijo de Turís y se le apreciaba tanto, aunque vistiendo de seglar, salía por la calle, hacía visitas a enfermos, le saludaban incluso los rojos. No se arredraba ante el peligro. Continuaba ejerciendo el ministerio siempre que se le requería, aun a veces en masías, como yo mismo le acompañé cierta vez, para ayudarle en la misa cuando ya la parroquia estaba sellada". Confirmado por los otros testigos: Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, feligrés, Sr. Agustín Albiñana Cervera, amigo, Sra. Teresa Ibáñez Fuiles, feligresa, Hna. María Benilde Latorre Estellés, compaisana de Fernando.

El Sr. Felipe Añón Guaita, feligrés y pariente de Fernando, que agrega: "Yo seguí tratando a Fernando, como de costumbre, hasta el día que le detuvieron para matarle. Al iniciarse la revolución fue llamado ante el Comité para que entregara las llaves y los tesoros de la iglesia. Volvió a casa con la seguridad que le dieron los revolucionarios de que podría estar tranquilo, y de que a él no le pasaría nada. Le prometieron que si sentía miedo le pondrían guardias. Así fueron transcurriendo los días, hasta el 27 de agosto. La revolución estaba ya un mes largo en la calle. Durante estos días pasábamos la mayor parte del día juntos. Fernando, como creíamos todos los que deseábamos el triunfo de la causa de Cristo, pensaba que la guerra iba a terminar". Otro pariente de Fernando, anota: "Estallada ya la revolución, no salió del pueblo. Durante el día estaba en la abadía y por la noche en mi casa. Por una parte quería atender a los que le pudieran buscar, y por otra no creía que le ocurriera nada, y si lo preveía estaba dispuesto a sufrirlo por Dios". La hermana de Fernando, depone: "Después de estallar la revolución continuó en Turís y en la casa abadía. Yo estaba con él. Estaba preocupado, como es natural, pero sereno y animoso".

Un feligrés de Fernando, afirma: "Nunca ocultó su condición sacerdotal ni procuró valerse de influencias políticas para salvarse. Su vida fue la de un completo pastor de almas hasta el último momento". Y agrega: "Como ya dije, pasó este tiempo hasta su muerte en la abadía. Decía Misa todos los días, y sé que tenía el reservado en casa". Confirmado por el Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, feligrés, la Sra. Clotilde Palmero Iranzo, feligresa, y la Sra. Teresa Ibáñez Fuiles, feligresa de Fernando. La hermana de Fernando, depone: "Recuerdo que le costó mucho el quitarse la sotana. Se resistió hasta en los momentos de mayor peligro, y lo hizo cuando le llamaron la atención y casi se lo exigieron. Ni huyó ni se ocultó. Le conminaron a abandonar la casa abadía, pero a las pocas horas, cuando nos pedía que le buscáramos una casa, se lo llevaron para matarle. Sé muy bien que jamás se metió en cosas políticas, sobre todo de política local. Votó porque era para defender a la religión, pero nada más. Y no conocí en su vida más actividades que las sacerdotales". Confirmado por la religiosa Hna. María Benilde Latorre Estellés, paisana de Fernando.

El Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán agrega: "El domingo anterior a su muerte quise visitarle. Hablamos de los acontecimientos. Le dije yo, optimista, que la guerra iba victoriosa, que los nacionales avanzaban, que no se apurara, y cual sería mi sorpresa al ver que D. Fernando, que siempre había sido muy jovial y optimista, tomaba una actitud de santa indiferencia y me dijo aun estas palabras: ‘Hemos de estar dispuestos a cumplir lo que Dios nos quiera mandar, incluso el papel de víctimas dispuestas para el sacrificio si esa fuera su voluntad en estas horas’. Me sorprendieron mucho estas palabras y su actitud tan serena". Confirmado por un pariente del Fernando. Y un amigo del Fernando, depone: "Más de una vez que le invité a que se viniera conmigo a la Hidroeléctrica, pues allí estaría más seguro, me contestó Fernando que su obligación era estar en su parroquia, atendiendo hasta que el Señor dispusiera otra cosa, a sus feligreses, como así lo hizo en efecto".

El Sr. Fausto Añón Guaita, pariente de Fernando, presente en el momento de la detención, declara: "Sólo puedo decir que el día 27 de agosto de 1936 fue detenido al atardecer en la casa abadía. Me llamó a mí para acompañarle, porque decía que le llevaban a Gobierno Civil. Yo le vi subir tranquilamente al coche". En el mismo modo, anota la hermana de Fernando: "La víspera de su muerte manifestó deseos de confesarse, ‘no porqué le remordiera la conciencia de pecado grave’ me decía, ‘sino para estar mejor preparado’. Me mandó con unas letritas a un padre jesuita que estaba escondido, quien me contestó con otro escrito que no conocí. Sé que no se vieron. El día 27 de agosto de 1936, al atardecer vinieron unos milicianos para llevárselo. Cuando llegué a casa, mi hermano se estaba cambiando de ropa y le vi bajar pálido, pero sereno y sin decir palabra alguna, se dispuso a seguirles. Yo pedí que me llevaran con él, pero me contestaron que no tenían órdenes para ello. Yo le di un beso y procuré animarle y vi que le empujaban violentamente hacia el coche. Supe al día siguiente que le habían muerto en término de Picasent. Las circunstancias de su muerte las sé por lo que dijeron los mismos asesinos, con burla y jactancia. Que nombró a la Virgen, que les perdonó antes de morir y que murió gritando ‘Viva Cristo Rey’".

Un pariente de Fernando, depone: "Fue detenido en las primera horas de la noche. Acudieron diciéndole que tenía que presentarse al Comité. Él requirió mi presencia para que le acompañara y mandó que me buscaran. Le hicieron salir a la calle y allí mismo había un coche, donde le hicieron subir diciéndole que lo llevaban a Gobierno Civil para un interrogatorio. Casualmente pasé yo entonces, por allí y oí que decían que se llevaban al señor cura. Me acerqué a ver lo que pasaba, pero ya no me permitieron acercarme al coche para hablar con él". Y un vecino de Turís, en su declaración escrita del 4 de mayo de 1997 afirma que siendo niño estaba jugando en la plaza y vio la siguiente escena: "Llegaron unos milicianos en un coche y con voz alta dijeron: ‘¡Vamos a llevarnos a don Fernando!’ Fue a decirlo a su padre, que estaba escondido porque pertenecía al coro parroquial y juntos por una rendija de la ventana vieron pasar el coche que se llevaba a Fernando hacia el martirio".

La muerte de Fernando está probada mediante el certificado de defunción y la documentación sobre el martirio del mismo, que se encuentra en la Sección Causa General del Archivo Histórico Nacional de Madrid, Caja 1375 (1), Ramo Turís; Legajo 1366 (2), Tomo III, folio 19. Un pariente de Fernando, depone: "Después supimos que había sido muerto en el término de Picasent, cuesta de Martorell. Yo oí decir a los mismos que le conducían que decían murió perdonando a los mismos asesinos. Yo lo he oído a los mismos que presenciaron el martirio". En el mismo modo, la hermana de Fernando, anota: "Supe al día siguiente que le habían muerto en término de Picasent. Las circunstancias de su muerte las sé por lo que dijeron los mismos asesinos, con burla y jactancia. Que nombró a la Virgen, que les perdonó antes de morir y que murió gritando ‘Viva Cristo Rey’".

Y otro pariente de Fernando, afirma: "Me dijo un testigo presencial que iba en un segundo coche. Habían recorrido unos pocos kilómetros, cuando se detuvieron en pleno descampado y le hicieron bajar y este testigo presencial me dijo que se dio cuenta Fernando de lo que iba a ocurrir. Les reconvino, diciéndoles que por qué le trataban de aquella manera, si él nunca había sido político, ni era rico y no había hecho otra cosa más que hacerles bien. Le pegaron un tiro; la muerte no fuera instantánea; desangrándose Fernando, les perdonaba y encomendaba al Señor. No cabe duda que su muerte reviste las características de verdadero martirio".

Fausto Añón Guaita afirma: "Fue enterrado en Picasent... con otros muchos asesinados en una fosa común". Confirmado por el Sr. Felipe Añón Guaita. El pueblo de Turís ha querido perpetuar el recuerdo colocando una lápida en una pilastra del templo". Confirmado por los testigos: Sr. Manuel Pastor González, feligrés, Sr. Bernabé Nogueroles Beltrán, feligrés, Sra. Clotilde Palmero Iranzo, feligresa, Sra. María González Añón, hermana, y por la Sra. Teresa Ibáñez Fuiles, feligresa.

Sentir común: Entre quienes supieron de la muerte de Fernando fue unánime el concepto de auténtico martirio. Así lo afirman los testigos.

Sentir de algunas personas: El Pbro. Santiago Bohigues Fernández, párroco de Turís, en su declaración escrita de 1997 afirma: "Es conmovedor contemplar la arraigada devoción del pueblo de Turís al mártir don Fernando González Añón. Esperamos, con profunda ilusión y esperanza, contemplar a uno de nuestros hijos más ilustres en la gloria de los altares, lo antes posible". Al terminar la guerra, el Ayuntamiento de Turís dedicó una calle a don Fernando González Añón, como recuerdo de su martirio.

Otros documentos: La fama de martirio de Fernando se puede probar también a través de la documentación que es común a los otros Siervos de Dios.

La Iglesia de Valencia tiene un gran activo: la santidad de sus hijos. Y un gran reto: que no lo sabe. Sin Cristo, sin el cristianismo, Valencia no es comprensible.

Existe, por tanto, una relación muy especial entre el culto a los mártires y la lectura de sus pasiones o leyendas hagiográficas. Los "gesta martyrum" alimentan la piedad de los fieles y presentan la omnipotencia de Dios que se manifiesta en los santos.

 

 


Fuente: ACI Digital. Copyright © 2000 Agencia Católica de Informaciones en América Latina. Derechos Reservados.

 

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