REPRESIÓN
Y RESISTENCIA (Siglo 2 a.C.)
La conquista seléucida
no alteró, al principio, la situación
de Judá; incluso sus pobladores recibieron
ciertos privilegios en materia de impuestos. Sin embargo,
la situación política y económica
del reino seléucida empeoró a causa
de los repetidos ataques llevados a cabo por los guerrilleros,
desde el norte, y la amenaza de la influencia romana,
desde el oeste, La posición de Judá
varió de acuerdo con esos factores. EL gobierno
seléucida, después de una derrota inferida
por Roma, debió pagar una gravosa indemnización
y, a fin de obtener los fondos necesarios, se produjeron
intentos de saquear los tesoros almacenados en los
ricos templos del reino, incluso el de Jerusalén.
Las relaciones entre el estado vasallo de Judá
y su soberano fueron deterioradas posteriormente,
con la coronación de Antíoco IV Epifanes
en el trono seléucida, en 175 a.C. Su mayor
preocupación era la frontera meridional con
el Egipto de Ptolomeo; Judá, situada sobre
esa frontera, estaba en su camino. En un intento por
erradicar la singularidad religiosa de Judá,
intervino en sus asuntos internos y depuso al Sumo
Sacerdote Onías, en favor del hermano de éste,
Jasón, que ostentaba una fuerte tendencia helenizante.
Este fue el comienzo
de una serie de esfuerzos de Antíoco Epifanes
por apartar a los judíos de su fe monoteísta,
de sus tradiciones y antiguas pautas culturales, con
el propósito de convertirlos a un sistema de
vida helenista, similar al practicado en el resto
del reino. A este efecto se estableció un gymnasium
en Jerusalén, con la esperanza de desalojar
al Templo y sustituir eI culto a Dios por el del cuerpo
humano. Dentro mismo del pueblo judío se desarrollaba
paulatinamente una clara división. De un lado
se alineaban los tradicionistas, quienes constituían
la gran mayoría de la nación, dirigidos
por un grupo de extremistas conocidos con el nombre
de Jasideos o pietistas.
Un punto de vista
muy diferente, de otro lado, era sostenido por los
helenistas, entre cuyos adeptos prominentes se contaban
miembros de la aristocracia y del sacerdocio. Por
fin, Antíoco prohibió la práctica
de la religión y todo judío observante
del Shabat, o de la circuncisión de su hijo,
era pasible de la pena de muerte. También impuso
a la población judía ritos de idolatría
y el consumo de carne impura, particularmente la de
puerco. El Templo fue saqueado y profanado, y su nombre
cambiado por el de Júpiter Olímpico.
En oposición
a las esperanzas de Antíoco, sin duda alentadas
por los helenistas, la mayoría de la nación
permaneció fiel a su religión y aceptó
el martirologio por causa de ello. Asociada a este
martirologio, surgió una creciente fe mesiánica
en el sentido de que un sufrimiento sin precedentes
era signo de la proximidad de la caída del
perverso reinado y el cumplimiento de la visión
profética del fin de los días. Lo que
en realidad ocurrió fue la exitosa revolución
de Los Asmoneos.
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