DISENSIONES
Y DESTRUCCION (965-586 a.C.)
Salomón,
hijo de David, consagró gran parte de su reinado,
generalmente pacífico, a consolidar la nación
y a conciliar las diferencias entre facciones e intereses
tribales.
Dividió el
reino en unidades administrativas y estableció
firmemente a Jerusalén como centro del país.
Erigió allí un templo magnífico
para exaltar la gloria del Creador y en su más
venerable santuario fueron depositadas las antiguas
Tablas de la Ley. El deber religioso de peregrinación
al Templo contribuyó a unificar el reino. Su
flota mercante navegaba hasta Ofir, Tiro, y posiblemente
al Africa. Dios díjole a Salomón: "Pide
lo que quisieres que yo te dé" a lo cual
Salomón respondió: "corazón
dócil para juzgar a tu pueblo, para discernir
entre lo bueno y lo malo." El pedido de Salomón
le fue otorgado y existen ciertas historias que ensalzan
su sabiduría.
Después de
su muerte, las disensiones latentes en la que solo
poco tiempo atrás había sido una confederación
tribal, afloraron a la superficie. Su hijo Roboam
no mereció el respeto y el afecto de que habían
gozado su progenitor y su abuelo, y el sector septentrional
del reino se separó bajo la conducción
de Jeroboam.
De esta suerte,
existieron dos reinados hermanos hostiles: el meridional,
conocido como Judá, que permaneció leal
a la dinastía de David, y el septentrional,
llamado Israel, que fue inestable a lo largo de su
historia, sufriendo frecuentes cambios dinásticos.
Israel estableció nuevos centros religiosos
independientemente del Templo de Jerusalén,
y volvió a introducir el culto del becerro
de oro. Los profetas, que fueron muy activos en ese
período, combatieron esas religiones foráneas,
particularmente el culto a Baal. Isaías, entre
ellos, es el más renombrado por su visión
de la hermandad final de la humanidad, sirviendo todos
al único Dios en el Templo de paz de Jerusalén.
Las profecías de Jeremías, que advirtió
sin temor a los reyes acerca de las amargas consecuencias
que sobrevendrían por la corrupción
de la autoridad y la injusticia social, se cumplieron
durante su vida. Estas profecías contenían
a menudo sanos consejos políticos.
Ambos reinos se
encontraban periódicamente en guerra con sus
vecinos y sufrieron penurias por estar situados entre
los dos grandes poderes de la época, Asiria
al este y Egipto al sur. En el año 720 a.C.,
aproximadamente, el reino de Israel fue conquistado
por los asirios y sus habitantes desterrados. Estos
exiliados se conocen como los de las diez tribus perdidas,
y fueron objeto de muchas leyendas. En 586 a.C. Judá
fue conquistado por Nabucodonosor, el Templo de Jerusalén
destruído, y sus habitantes deportados a Babilonia.
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