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Al poco el padre se enteró de este boda, que hacía
caso omiso del Tratado firmado en Guisando por lo que volvió
a proclamar sucesora a la Corona a su hija Juana
la Beltraneja. El rey se dedicó a quitar bienes
de la Corona como pago por el apoyo de los nobles, esto se
tradujo en más villanos pecheros con lo que el descontento
era mayor (pertenecer al realengo era mucho mejor) y muchos
se pasaron a las filas de apoyo a Isabel.
Sólo faltaba el golpe maestro, Isabel y Fernando dieron
la vacante de cardenal al enemigo más poderoso, a los
Mendoza, exactamente al obispo de Sigüenza, Pedro González
de Mendoza.
A partir de aquí los Mendoza consideraron que Isabel
era mucho mejor reina para Castilla y para los intereses del
pueblo que su oponente. Poco después Enrique
IV se reconcilia con Isabel. A finales de 1474 el rey
muere y rápidamente Rodrigo de Ulloa corre a informar
a Isabel avisándola de que debe esperar a que la ley
dictara quién debía ser la sucesora, los nobles
de Aragón por su parte, deciden que Isabel debe esperar
al regreso de su marido. Isabel se autoproclama reina de Castilla,
en Segovia el 13 de diciembre de 1474, adelantándose
así a la Junta de Nobles. Portugal temblaba por la
alianza entre Castilla y Aragón.

No esperó ni a unos ni al otro. No se sabe a ciencia
cierta los nobles que secundaron esta autoproclamación
pero el día 16 del mismo mes se hace llegar a todas
las ciudades del reino una carta en la que se invita a los
procuradores a ir a Segovia a rendir pleitesía a la
reina.
El enfado del rey fue enorme, se necesitaron dos negociadores
para esta paz matrimonial, el cardenal Mendoza y el arzobispo
Carrillo hicieron de intermediarios. Se llegó a un
acuerdo llamado "Acuerdo para la gobernación del
reino" o "Concordia de Segovia", fechado el
15 de enero de 1475 en Segovia. Se acordó que ella
era la reina y él, el consorte.
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