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Isabel
la Católica murió en 1504 y la sucesión
a la corona de Castilla devenía en Juana
la Loca, hija de los reyes. Juana, casada con Felipe el
Hermoso, loca de celos por los constantes devaneos de su marido
con cualquier cortesana que pasara por su lado empezó
a enfermar. En su viaje a España, junto con su marido
para coronarse reina de Castilla, la enfermedad se agravó
peligrosamente. Al exquisito Felipe no le gustaba nuestra
tierra y regresó a la suya.
Juana, sola en España, empeoró cada día
más. El Testamento de Isabel obligaba a que si Juana
no podía reinar lo hiciera Fernando hasta la mayoría
de edad del sucesor. Una lucha sin cuartel, pero sin armas,
se avecinaba...
Poco a poco el Renacimiento se instala entre nosotros.
Felipe el Hermoso no estaba dispuesto a permitir que su suegro
se alzase con la regencia. La batalla comienza.
Fernando el Católico se casó con Germana
de Foix, de la corte francesa para impedir que Felipe
pudiera aliarse con el monarca francés e impedir su
regencia. Por su parte Felipe recurrió a los nobles
castellanos que le apoyaron y cuando tuvieron que decidir
sobre la incapacidad de Juana para la corona impusieron a
Felipe como regente. Esta batalla duró años.
Fernando perdió su gran batalla. España también.
Poco después Felipe muere. La regencia la obtuvieron
cuatro nobles de Castilla, dos del extranjero y como cabeza
visible el sempiterno cardenal Cisneros. Cisneros hizo ver
a la nobleza que el Testamento de Isabel debe ser cumplido
y, por tanto, dar la regencia a Fernando.
El 23 de enero de 1516 Fernando muere de camino a Guadalupe.
Fernando dejó como heredero único a su nieto
Carlos
(futuro Carlos I de España).

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